Lagarto, lagarto
Llegada al meridiano de mi vida (pienso vivir más de 90 años y hasta aquí puedo leer) acabo de hacer un descubrimiento sorprendente: soy un lagarto. ¿Quién lo hubiera dicho? No lo habría sospechado jamás; hay muchas cosas que no llegamos a sospechar jamás a lo largo de nuestra vida. Una pena, la verdad, porque ¡mira que más de una de esas revelaciones -que nunca llegan a concretarse- podría dar un giro decisivo a nuestra vida! ¡Y mira que hay veces en que ese giro nos vendría de p.m.! Pero en fin, así somos. O mejor dicho: así sois, porque yo, ahora, soy un lagarto. O una lagarta, pero así, en femenino, suena como mal.
El día en que me convertí en lagarto
me levanté temprano. Serían las siete y media. Mi marido y mis hijos ya se habían marchado (acostumbro a esperar el portazo de salida definitivo, el tercero, para aterrizar en el suelo de mi habitación proveniente del planeta cama). Menos mal, porque si no, hubiéramos acabado a grito pelao y eso me cabrea bastante, pues para apaciguar los nervios, suelo engullir un paquete entero de galletas. Debería alimentarme de forma más saludable y practicar más deporte -pienso entonces-, mientras apuro las migajas que han caído sobre la mesa y las echo dentro de mi maravillosa taza de "piscis" (solo me tomo el café en ELLA). Me gusta cómo esos restos miserables flotan antes de hincharse y sumergirse definitivamente, anegadas por los últimos centilitros de café con leche; las empujo con la cucharilla, pero aún siguen un buen rato asomando sus obcecadas redondeces a la superficie, como naúfragos agonizantes a punto de sucumbir a las profundidades del océano. Me divierte. Me siento como un gato al acecho: cucharilla en ristre, hasta que por fin adquieren la textura perfecta -ni demasiado duras ni demasiado blandas-. Algunas se convierten en una masa informe que acabará igualmente en el fondo de mi avaricioso estómago arrastradas a ese trágico final por un sunami de café con leche. Que se jodan!
Pero ese día, no. El día en que me convertí en lagarto no hubo galletas.
Me levanté temprano, repito.
Bueno -pensé- voy a lavarme el careto y a poner el café. Primero lo del café para que, mientras me lavo el careto, se vaya haciendo (el café). Cuestión puramente logística. No hay misterio ni alusión metafísica alguna: solo café. Y careto.
El ansiado brebaje empezaba a asomar su negritud por los agujeros del pitorro de metal, cuando sonó el puto teléfono: Quién coño será a estas horas!-bramé-. Ni qué decir tiene que contemplé seriamente la posibilidad de pasar de todo y no cogerlo, pero, ¡qué carajo!, sentía curiosidad. Además, casi todo el mundo sabe que trabajo en casa, así que si no respondía iban a pensar que todavía estaba sobando. Y eso no mola. Miré el display: número oculto. Hmmmm. Carraspeé antes de darle al botoncito verde para que mi voz sonara como una cascada límpida y cristalina.
- Síiii?
- Todavía estás en casa? -Respondió una voz masculina para mí desconocida-
- Perdón? Quién es?
- Pues ¿quién va a ser? Joder, ¿es que tienes demencia senil o qué?
- Oiga, que no le conozco!, que se ha equivocado: a ver, a qué número llama? Por quién pregunta?
- Jajajaja- la VOZ soltó varias sonoras carcajadas. De las auténticas. Todavía no te has tomado el café con leche, ¿verdad?
La VOZ empezaba a tocarme las narices. No tenía miedo, eso no, pero el café había terminado de salir y podía empezar a hervir de un momento a otro. Lo odio. Eso y los huevos fritos con la yema dura. Y sin puntillas.
- Mira, no sé quién eres, pero si te quieres quedar con alguien, ¿qué tal si te quedas con tu puta madre?- Respondí antes de colgar y arrojar enérgicamente el teléfono sobre el sofá. Como si eso insuflara determinación a mi respuesta.
Me sentía satisfecha. Orgullosa de mí misma, de mi propia bordería. El día empezaba bien.
Me dirigí a la cocina de buen humor, pero me duró poco: el café estaba hirviendo y me quemé al intentar apartarlo del fogón. ¡Joder!
En su agonía, la espesa brea había escupido goterones negros que caían sobre el hornillo y dejaban olor a regaliz calcinado por toda la cocina y una marca pegajosa e incandescente sobre la vitrocerámica. ¡Joder!,¡joder!
¿Sería una señal?
El paquete de Bonka estaba en las últimas y su exiguo contenido no daba para llenar otra cafetera. Tendría que tomármelo hervido si no quería renunciar a las galletas y al repaso matutino de la prensa online, así que, con una expresión entre fastidiada y victimista, me serví aquel ahora indigno brevaje con leche in-can-des-cen-te, procurando hacer caer en ELLA (la taza) toda la espumosa nata que se había formado en la superficie del cazo -no comprendo cómo hay gente que odia la nata de la leche-.
Y sonó el móvil. Odio mi móvil y él lo sabe.
"Que no sea ninguna traducción", recuerdo que pensé (soy traductora) y, mucho menos, algún amigo o familiar a los que no puedes despachar en un plisplás porque siempre resulta que te llaman "justo cuando tú estabas a punto de llamarlos a ellos" y la conciencia se descojona de ti y te impide responder con naturalidad: "Ay! Fulano!, mira, justo estaba yo pensando: no tengo ganas de hablar con nadie y menos contigo, así que si no te importa, te llamo cuando me salga del chichi para echarte encima todo el material egóico que he ido acumulando en los últimos días y cuelgo antes de que tengas oportunidad de contarme algo sobre ti y tenga que fingir que me intereso por tus aburridos avatares, vale?"
Pasé del móvil, pero él no pasó de mí e insistió, insistió e insistió hasta que seguir ignorándolo hubiera sido un acto de animadversión social patológica que me hubiera llevado a plantearme si mi fobia a la comunicación inalámbrica no estaba empezando a rozar los límites de la paranoia.
Lo arranqué del cable de alimentación y respondí de mal humor. Otra vez, número oculto.
-González! (aquí, en Alemania existe la altamente irritante costumbre de responder al teléfono diciendo tu apellido, beeeeeeh!)
-Eso ya lo sé, querida. Soy yo quien te ha llamado.
-¡Hombre, el graciosillo de antes!
-¡Espera!-debió de intuir que yo estaba ya con el dedo apuntando el botón de "finalizar llamada". No sé por qué.
-¿Qué coño te pasa?, al final voy a pensar que estás de verdad medio tarada. No cuelgues, esto no es una broma -Lo cierto es que ahora sí, ahora ya me estaba empezando a mosquear. Más que nada porque LA VOZ me hablaba como si efectivamente me conociera y lo más inquietante: ¡como si YO la conociera a ELLA!
No colgué ignorante de que eso cambiaría mi vida para siempre.
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AntwortenLöschenTchannnnnnn!! continuará... espero ansiosa los siguientes capítulos ¿quién es el oscuro propietario de LA VOZ? ¿podrá la protagonista tomarse un café a gusto por una vez en su vida? temperatura ideal, aroma penetrante, leche lechífera con nata desbordante, galletas con la textura y consistencia adecuadas para no resultar blandurrias ni siempre duras e impermeables, la correspondiente tranquilidad doméstica con horas de 95 minutos para poder saborear a gusto la prensa y el café y, lo que es más importante: que la proporción café con leche-galletas-artículos interesantes-tiempo sea la correcta ¡nada más desazonador que quedarse corta de café con leche frente a la pila de galletas desafiantemente deliciosas ó que sobre brebaje para una cantidad ridícula de galletas; o que la prensa venga tan interesante ése día que nos quedemos cortos de tó! en fín... cosas de lagartas!
AntwortenLöschenQuién serás, quién serás?... Hmmmm! mi queridísima hermana Ana quizáaaaas?´
LöschenQué horror, tía: he escrito "brevaje", con "v"! si lo ve mi Alex se le revuelven los gerindundrios. Qué descrédito!
Este comentario es absolutamente genial! merece formar parte del cuento: un alma gemela en el Edén de las galletas!
Löschen¿Galletas?
LöschenJo jo jo que es más gordo! que buuueeenoooo! si es como si te tuviera delante! deseando ver el desenlace!
AntwortenLöschenEstoy en ello. Cómo dice la "Quiti": To bé continué, jajajaja
AntwortenLöschenMmmmmh... escolta això, Eva: en viatges cap a terres on encara viuen al marge de la societat moderna, jo he sentit explicar, gairebé sempre escoltant contes a la vora del foc, en boca de savis vells que utilitzen llengües que poca gent parla i que he hagut de fer-me traduir esforçadament per persones voluntarioses, que en determinades circumstàncies de molt profunda emoció (per motius o causes diverses) podem contactar amb molta naturalitat (parlar per telèfon és molt natural) amb persones o ens que aparentment no tenen la capacitat de comunicar-se amb nosaltres. I fins aquí puc escriure... en missatge privat t'ho podré ampliar... mai se sap qui pot estar mirant en aquest precís instant el que estàs llegint. Podríem córrer un perill innecessari, tant tu com jo.
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