Mittwoch, 19. März 2014

El tiempo en el bolsillo (Continuación de Lagarto, lagarto)

Sonó la alarma del móvil:  las once. Las once en punto.

El eco de un vago recuerdo irrumpió entre las paredes de mi cráneo; lo acallé enseguida como el que espanta de un manotazo a una mosca intrusa: soy una maestra en el arte de hacerme callar.

Abrí los ojos esperando encontrarme de nuevo con mi viejo mundo, con la mujer-yegua y Robin y con los tapones de Coca-cola agonizando en su charquito. Sin embargo, sólo vi pelo: pelo gris, una orgía de pelos. Cerré de nuevo los ojos. Los volví a abrir: no solamente seguían ahí-los pelos-, sino que ahora, además, podía notar claramente el cosquilleo que producía su obstinada caricia en los agujeros de mi nariz.
De vez en cuando, un inconfundible olor a mierda campestre me inundaba la pituitaria, me dolía hasta el cuerpo calloso y tenía la incómoda sensación de que el clítoris había pasado de su ubicación original a situarse entre mis amígdalas.
También me dolía el cuello. ¿Qué coño estaba pasando?

Un jinete inesperado


Intenté levantarme, pero descubrí que ya no estaba plácidamente sentada sobre mi roca sino sobre algo peludo y caliente, a horcajadas, cabalgando sin montura a lomos de una yegua de crines plateadas.
Cierto: desde mi perspectiva no existía nigún indicio que me permitiera llegar a semejante conclusión sobre el sexo del equino en cuestión, pero tampoco lo eché de menos: esas cosas que pasan en los sueños, donde casarte con el Sombrero Loco que, a su vez, es el cuñado de tu prima segunda vestido de flamenca resulta de lo más normal. Eso, o los porros que también te proporcionan una clarividencia irrefutable sobre el sentido de nuestra existencia en el complicado puzle del universo.
En fin, el hecho es que, a juzgar por lo dolorido de mi entrepierna y de los huesos del culo, debía de llevar ya un rato dejándome vapulear el esqueleto. ¿Cuánto tiempo más iba a tener que aguantar así?.
Estaba tan concentrada en intentar no caerme de bruces que casi no me atrevía ni a respirar.
Debía de estar en una postura muy poco ergonómica y pensé que a la larga, eso no podía ser bueno.

No sé cuánto rato pasé en este deplorable estado. Sólo recuerdo que en algún momento empecé a hacer inventario de mis huesos y alguien (probablemente yo misma) debió dar a mis músculos la orden de dejar de hacer el ridículo y empezar a comportarse como lo que eran. Una tarea nada fácil; mis dedos, por ejemplo, se habían aferrado tan obstinadamente a las crines salvadoras que estaban agarrotados y prácticamente insensibles, pero poco a poco conseguí que la sangre volviera a circular por ellos hasta devolverles su original tono rosado y, de alguna forma, el bicho del que resulté ser involuntaria jinete, pareció agradecérmelo. Tuve la sensación de que sus músculos también obedecieron a la misma orden y que entre la bestia y yo se acababa de cerrar una especie de trato, un acuerdo tácito cuyo objetivo era dejar de porculearnos mutuamente.
Así pues, pronto acabamos cabalgando de una forma lo suficientemente aceptable como para permitirme enderezar mis doloridas cervicales y, esta vez sí, abarcar con la mirada el extraordinario paisaje que, en un principio, los pelos plateados de sus crines y mi postura a lo saco de patatas me habían impedido con tanta eficacia contemplar:

Una bastísima extensión de yerba, salpicada de florecillas rojas, amarillas, lilas... sol, cielo azul, alguna nubecilla blanca e impoluta, aire y un suave aroma a romero con una nota de abono animal. Excepto esto último, el resto podría haber sido el escenario perfecto de uno esos cursilísimos anuncios de suavizante para ropa.

La yegua relajó el paso y adoptó un trotecillo ligero mucho menos estresante aunque también la ostia de incómodo, pero, no sé, mentalmente le agradecí el gesto. Al menos ahora ya no temía miserable e indignamente por mi vida.
Me dio la sensación de que llegábamos a alguna parte y de que mi amiga- a estas alturas ya empezada a considerarla así- nos dirigía a ambos hacia un lugar concreto.
No se veía sino la pradera de "Vernel", pero sin duda, nos acercábamos a algún lugar. Lo intuía.
Ya me había empezado a meter en mi papel de inesperada amazona y le estaba hasta tomando gustillo al traqueteo cuando, de la nada, surgió una agrupación de árboles en lontanaza; tenía toda la pinta de ser un bosquecillo. Esperé que, al menos, no estuviera encantado...
Mi amiga, se enfiló con determinación hacia las lindes del bosque. De cerca, parecía más grande y frondoso de lo que había supuesto en un principio. Y más oscuro. Y, sí, casi tenebroso.

Penetramos al paso en la negrura repentina de su abrazo.

















Donnerstag, 6. März 2014

La mujer-yegua (continuación deLagarto, lagarto)


-¿No habrás olvidado lo que me prometiste?- Preguntó LA VOZ
- Oye, mira, en serio: ¿Quién eres y de qué coño me estás hablando?
- Vale, como veo que no te aclaras, lo mejor será que nos encontremos en algún sitio y lo hablemos en persona.

Me está vacilando-pensé- ¡el muy capullo me está vacilando! Que era una broma tocapelotas, estaba claro pero seguía sin tener ni p. idea de quién estaba detrás de todo aquello. Es decir, que si yo no conocía al propietario de "LA VOZ", por narices tenía que haber alguien más metido en todo aquel embrollo, alguien que quería gastarme una broma gilipollas y que, en ese mismo instante, se estaría descojonando de risa a mi costa. Eso me cabreaba cantidad, sobre todo porque siempre me las he dado de perspicaz, y la mera idea de que se choteen de mí me saca de quicio.
Mentalmente empecé a repasar mi lista de contactos sociales que, para mi sorpresa, resultó ser mayor de lo que mi asocial conducta  permitía suponer. Mientras hurgaba en mi memoria, iba elaborando un listado de potenciales sospechosos; añadía y tachaba candidatos siguiendo unos criterios nada desdeñables que aparecían en mi lóbulo frontal como "Pop-ups" virtuales.
La mente humana es la ostia:
Mientras mantenía un diálogo para besugos con un desconocido y elaboraba mi lista negra, miraba el hornillo preguntándome si debería utilizar la cuchilla-rasqueta, las nanas o mejor un producto especial para devolverlo a su impoluto brillo original, me rascaba el culo, me cagaba en Dios y estudiaba con detenimiento forénsico las caspicias de mis uñas.

- Bueno, ¿qué dices?- apremió LA VOZ
-  Que qué digo ¿a qué?
- Hostia, ¡pues a que nos encontremos, joder!
- Oye, ¿tú no serás amigo de Lucas, no?
- No me lo puedo creer! Estás mal, ¿eh?. Ralmente mal. Mira, no tengo ganas de más jueguecitos: a las 11 en el sitio de siempre. Y no se te ocurra llegar tarde.

Si me quieres escribir ya sabes mi paradero


Y colgó. LA VOZ colgó. ¡No te jode! ¡encima me cuelga!... "no tengo ganas de más jue-gue-ci-tos", me dice el muy gilipollas. Estaba indignada y, al mismo tiempo, sentía una enorme curiosidad. Y desconcierto.

Bueno -pensé- de todas maneras no sé cuál es el "sitio de siempre", porque, entre otras cosas, no tengo ningún "sitio de siempre". A lo mejor debería establecer uno- me dije- para Lucas y para mí, para poder decir: "Cariño, nos encontramos en el "sitio de siempre" o para que cuando nos cabreemos pueda escapar envuelta en un torbellino de ira y refugiarme en "el sitio de siempre", que no sea ni la cocina ni el súper de la esquina ("si me quieres escribir ya sabes mi paradero, tantararán tararán tantán...), o para cuando seamos viejos y a falta de follar nos dé por mirar fotos antiguas: " Mira, ¿te acuerdas?: "nuestro sitio de siempre"...

Me decidí por las nanas. Y por cortarme las uñas.

Llamé a Luis; a la oficina. No estaba porque había tenido que ir a llevar unos documentos a nosequién. Expresión de fastidio. Le llamé al móvil que sonó a escasos metros de mí. ¡Tócate los "güebos" y baila!. Expresión de cabreo, exabruptos, "este tío tiene el móvil para rascarse las castañuelas!", etc, etc.
Las 10 y yo sin café.
Decidí ponerme el careto (sin maquillar no soy persona) y salir a correr un rato para aclarar mis ideas y apaciguar mi conciencia ("debería practicar más deporte" y esas chorradas). Cuesta un poco, pero después te sientes como si te merecieras un Nirvana de lomo ibérico y hubieras cumplido con tu destino cármico: ya te puedes morir en paz.

Salí pues decidida a ganarme la Gloria eterna a base de sudor sobaquil, ataviada con un chándal que me marcaba especialmente la raja del culo, un anorak ligero, las llaves y el careto. Y el móvil. Sí, el móvil. Lo odio, es verdad, pero vivir sin él... lo reconozco: me tiene atrapada en sus inalámbricos misterios, se apodera de mí, ocupa un lugar fijo en las mesas de los restaurantes a los que voy y es más amigo de mis amigos que yo misma.
Para ser sincera, en un principio salí sin él en un alarde de determinación, pero no había siquiera empezado a agitar las nalgas y ya lo echaba de menos, así que volví para buscarlo. ¿Y si volvía a llamar el tarao de antes? No me lo quería perder. De hecho lo estaba deseando, porque esta vez le iba a dejar patidifuso con las ingeniosísimas respuestas que había empezado a elaborar en mi taller de ideas maquiavélicas; si quería guerra, la tendría.

El camino del río estaba embarrado por las lluvias de los últimos días, así que más que una grácil gacela cortando el viento, parecía un wallaby atolondrado pegando saltitos a uno y otro lado del barrizal para sortear las zonas más jodidas, por cierto, con bastante poco éxito.
Al menos hacía buen día. Frío pero despejado, límpido, como recién estrenado.
El río fluía deprisa, deteniéndose de vez en cuando en algún pequeño remanso a mecer con su vaivén ramitas, plumas de cisne y tapones de Cocacola varados en las piedras de la orilla. Me sentía renovada y, a la vez, nostálgica. Ya llevaba un rato emulando a los saltarines marsupiales, así que me pareció que ya había acumulado suficientes puntos para el  bocadillo de lomo que pensaba cepillarme nada más llegar a casa y me senté en una roca plana a contemplar las cabriolas de los reflejos sobre la superficie del agua.

De repente, una enorme bola de pelo se abalanzó sobre mí, echándome las patas delanteras encima y agitando la cola con frenesí. Debía de ser un San Bernardo o algo así. Un perro, de cualquier manera.
Casi me tira al agua, pero aparte de unos cuantos lametones que me cruzaron la cara en diagonal y las marcas de sus patas pringadas de barro a lo largo de mi indumentaria, no me hizo nada.
- Robin!- gritó alguien desde la distancia- ¡ven aquí!
Era una mujer de mediana edad y aspecto ayurvédico, con pinta de haber pasado largas temporadas en la India en búsqueda de la iluminación. ¿Quién sabe? Quizás la había encontrado.
La desconocida se acercaba sonriendo. Su larga cabellera gris ondeaba en todas direcciones. Me recordaba a una yegua con las crines al viento.

- Perdone, de verdad: ¿está bien?- preguntó con un acento marcadamente sureño-
Robin, ¡sitzt!
- Sí-respondí- me ha dado un susto de muerte, pero estoy bien.
La mujer-yegua me tendió un kleenex. Llevaba un bolso de tela con el bordado de un elefante engalanado con lentejuelas e hilillos de colores. Me gustó.
- Es que es joven, ¿sabe?- obviamente se refería al perro- se lo estoy cuidando a una amiga y me lleva loca-

Y a mí, que los perros me la traen al pairo, no se me ocurrió nada interesante que decirle sobre el cuadrúpedo. De hecho, me importaba un soberano carajo quién era el dueño de esa bola atolondrada y jadeante.

- Ya, los jóvenes somos así- respondí orgullosa por lo espontáneo e ingenioso de mi comentario.
- Jajaja! Sí: "los jóvenes somos así"- Respondió al instante, situándose enseguida al mismo nivel semántico que yo.
Me llamo Ingrid- dijo tendiéndome una mano tintineante de dedos largos y tacto firme. Al estrechársela, sus muchas pulseras se avalanzaron sobre la palma "clank,clink,clank". En el dedo índice llevaba un anillo de plata que le ocupaba casi toda la falange. No pude evitar acordarme de Robocop.
- Yo soy M...
- Ya lo sé: Marta
- ¿Cómo lo sabe?- Me dejó muerta-
- Porque he venido a buscarte- Dijo pasando del usted al tú con una naturalidad pasmosa, muy poco típica del carácter germano.
- Perdone, pero no entiendo nada...
- No importa; es normal: todavía no estás preparada
- ¿Preparada? Preparada para qué?
Sin decir nada se sentó junto a mí cruzando las piernas en una postura que, si no lo era, se parecía mucho a la del loto y empezó a liarse un porro de maría con toda la naturalidad del mundo. Robin retozaba entrando y saliendo del agua.
Una vez impecablemente manufacturado, la mujer-yegua me alargó el canuto con esa naturalidad que parecía rezumar por todos los poros de su cuerpo.
Miré alrededor antes de llevármelo a los labios, para asegurarme de que, aparte de ella-la mujer-yegua-,de mí misma y de Robin, no había nadie más a varios metros a la redonda, y aspiré. Aspiré despacio para que el aroma a yerba me llegara hasta el alma.

Y el tiempo, de pronto, se detuvo.























Montag, 10. Februar 2014

Lagarto, lagarto

Lagarto, lagarto


Llegada al meridiano de mi vida (pienso vivir más de 90 años y hasta aquí puedo leer) acabo de hacer un descubrimiento sorprendente: soy un lagarto. ¿Quién lo hubiera dicho? No lo habría sospechado jamás; hay muchas cosas que no llegamos a sospechar jamás a lo largo de nuestra vida. Una pena, la verdad, porque ¡mira que más de una de esas revelaciones -que nunca llegan a concretarse- podría dar un giro decisivo a nuestra vida! ¡Y mira que hay veces en que ese giro nos vendría de p.m.! Pero en fin, así somos. O mejor dicho: así sois, porque yo, ahora, soy un lagarto. O una lagarta, pero así, en femenino, suena como mal.

El día en que me convertí en lagarto


me levanté temprano. Serían las siete y media. Mi marido y mis hijos ya se habían marchado (acostumbro a esperar el portazo de salida definitivo, el tercero, para aterrizar en el suelo de mi habitación proveniente del planeta cama). Menos mal, porque si no, hubiéramos acabado a grito pelao y eso me cabrea bastante, pues para apaciguar los nervios, suelo engullir un paquete entero de galletas. Debería alimentarme de forma más saludable y practicar más deporte -pienso entonces-, mientras apuro las migajas que han caído sobre la mesa y las echo dentro de mi maravillosa taza de "piscis" (solo me tomo el café en ELLA). Me gusta cómo esos restos miserables flotan antes de hincharse y sumergirse definitivamente, anegadas por los últimos centilitros de café con leche; las empujo con la cucharilla, pero aún siguen un buen rato asomando sus obcecadas redondeces a la superficie, como naúfragos agonizantes a punto de sucumbir a las profundidades del océano. Me divierte. Me siento como un gato al acecho: cucharilla en ristre, hasta que por fin adquieren la textura perfecta -ni demasiado duras ni demasiado blandas-. Algunas se convierten en una masa informe que acabará igualmente en el fondo de mi avaricioso estómago arrastradas a ese trágico final por un sunami de café con leche. Que se jodan!

Pero ese día, no. El día en que me convertí en lagarto no hubo galletas.

Me levanté temprano, repito. 
Bueno -pensé- voy a lavarme el careto y a poner el café. Primero lo del café para que, mientras me lavo el careto, se vaya haciendo (el café). Cuestión puramente logística. No hay misterio ni alusión metafísica alguna: solo café. Y careto.
El ansiado brebaje empezaba a asomar su negritud por los agujeros del pitorro de metal, cuando sonó el puto teléfono: Quién coño será a estas horas!-bramé-. Ni qué decir tiene que contemplé seriamente la posibilidad de pasar de todo y no cogerlo, pero, ¡qué carajo!, sentía curiosidad. Además, casi todo el mundo sabe que trabajo en casa, así que si no respondía iban a pensar que todavía estaba sobando. Y eso no mola. Miré el display: número oculto. Hmmmm. Carraspeé antes de darle al botoncito verde para que mi voz sonara como una cascada límpida y cristalina.
- Síiii?
- Todavía estás en casa? -Respondió una voz masculina para mí desconocida-
- Perdón? Quién es? 
- Pues ¿quién va a ser? Joder, ¿es que tienes demencia senil o qué?
- Oiga, que no le conozco!, que se ha equivocado: a ver, a qué número llama? Por quién pregunta?
-  Jajajaja- la VOZ soltó varias sonoras carcajadas. De las auténticas. Todavía no te has tomado el café con leche, ¿verdad?
La VOZ empezaba a tocarme las narices. No tenía miedo, eso no, pero el café había terminado de salir y podía empezar a hervir de un momento a otro. Lo odio. Eso y los huevos fritos con la yema dura. Y sin puntillas.

- Mira, no sé quién eres, pero si te quieres quedar con alguien, ¿qué tal si te quedas con tu puta madre?- Respondí antes de colgar y arrojar enérgicamente el teléfono sobre el sofá. Como si eso insuflara determinación a mi respuesta.

Me sentía satisfecha. Orgullosa de mí misma, de mi propia bordería. El día empezaba bien.
Me dirigí a la cocina de buen humor, pero me duró poco: el café estaba hirviendo y me quemé al intentar apartarlo del fogón. ¡Joder!

En su agonía, la espesa brea había escupido goterones negros que caían sobre el hornillo y dejaban olor a regaliz calcinado por toda la cocina y una marca pegajosa e incandescente sobre la vitrocerámica. ¡Joder!,¡joder!
¿Sería una señal?
El paquete de Bonka estaba en las últimas y su exiguo contenido no daba para llenar otra cafetera. Tendría que tomármelo hervido si no quería renunciar a las galletas y al repaso matutino de la prensa online, así que, con una expresión entre fastidiada y victimista, me serví aquel ahora indigno brevaje con leche in-can-des-cen-te, procurando hacer caer en ELLA (la taza) toda la espumosa nata que se había formado en la superficie del cazo -no comprendo cómo hay gente que odia la nata de la leche-.

Y sonó el móvil. Odio mi móvil y él lo sabe.
"Que no sea ninguna traducción", recuerdo que pensé (soy traductora) y, mucho menos, algún amigo o familiar a los que no puedes despachar en un plisplás porque siempre resulta que te llaman "justo cuando tú estabas a punto de llamarlos a ellos" y la conciencia se descojona de ti y te impide responder con naturalidad: "Ay! Fulano!, mira, justo estaba yo pensando: no tengo ganas de hablar con nadie y menos contigo, así que si no te importa, te llamo cuando me salga del chichi para echarte encima todo el material egóico que he ido acumulando en los últimos días y cuelgo antes de que tengas oportunidad de contarme algo sobre ti y tenga que fingir que me intereso por tus aburridos avatares, vale?"

Pasé del móvil, pero él no pasó de mí e insistió, insistió e insistió hasta que seguir ignorándolo hubiera sido un acto de animadversión social patológica que me hubiera llevado a plantearme si mi fobia a la comunicación inalámbrica no estaba empezando a rozar los límites de la paranoia.
Lo arranqué del cable de alimentación y respondí de mal humor. Otra vez, número oculto.
-González! (aquí, en Alemania existe la altamente irritante costumbre de responder al teléfono diciendo tu apellido, beeeeeeh!)
-Eso ya lo sé, querida. Soy yo quien te ha llamado.
-¡Hombre, el graciosillo de antes!
-¡Espera!-debió de intuir que yo estaba ya con el dedo apuntando el botón de "finalizar llamada". No sé por qué.
-¿Qué coño te pasa?, al final voy a pensar que estás de verdad medio tarada. No cuelgues, esto no es una broma -Lo cierto es que ahora sí, ahora ya me estaba empezando a mosquear. Más que nada porque LA VOZ me hablaba como si efectivamente me conociera y lo más inquietante: ¡como si YO la conociera a ELLA!
No colgué ignorante de que eso cambiaría mi vida para siempre.





















Donnerstag, 23. Januar 2014

El ángel de la paz


Miro por la ventana. Estoy en un séptimo piso y mi mente empieza a divagar: "¡Cuéntame un cuento, cuéntame un cuento!". Oigo voces dentro de mí. Estoy como una puta cabra-pienso- pero ¡allá voy!

Érase una vez una ciudad: Múnich, y érase una vez un ángel:

El Ángel de la Paz


De la ciudad diremos que es una ciudad acogedora y limpia, (un tanto gris y más bien pequeña, para mi gusto) donde perderse es casi un reto porque el trazado urbano es ordenado y previsible; una ciudad privilegiada, bañada por un río limpio y caudaloso -el Isar- que divide en diagonal el corazón de la urbe y conecta los barrios de uno y otro lado a través de puentes, carriles para bicicletas, caminos y vericuetos que se adentran en sus amplísimas márgenes caducifolias.
En invierno, el Isar, ofrece sus laderas para que los niños las maltraten con sus trineos y, en verano, abre sus orillas al juego y al baño y al gentío y al humo de las barbacoas: Cientos de columnas de humo se alzan al cielo muniqués e invaden la ciudad de ese olor a salchichas y carne asada que anuncia el comienzo de la época estival.

Esto es Múnich. Esto y muchas otras cosas, pero fuera de ríos, barbacoas y salchichas, es Múnich una ciudad y, como en todas las ciudades, viven en ella gentes de todo tipo: más o menos felices, más o menos afortunadas, más o menos buenas.

Y un ángel.

A decir verdad, este ángel muniqués, siempre me había parecido un tanto siniestro y, aunque dorado, yo le veía gris. Como a la ciudad gris. Como a las personas grises, y a las calles y a las casas grises. Aquí todo es gris, hasta que llega el aroma a salchichas asadas, cuando el cielo se vuelve caprichoso y le devuelve la cara a la ciudad y la baña de color y el mundo pierde su tediosa previsibilidad…

Pero no os confundáis: le tengo mi cariño, al ángel.
Fue uno de los primeros en darme la bienvenida a esta ciudad. Sin palabras, claro; con su gesto impertérrito de infinita bondad, pero
aunque no lo creáis, siempre se puede uno llevar una sorpresa con estos ángeles de bronce y lo que en un principio parece apagado, amable pero sin vida, de repente cambia y se convierte en un aliado de luz y pasa de ser el “Ángel del Cementerio" (Friedhofsengel) a ser el "Ángel de la Paz" (Friedensengel). No es lo mismo. Se parecen las palabrejas, pero ya véis que el significado varía y que no es lo mismo "tubérculo" que "ver tu culo". Pero me perdono, porque las primeras impresiones en una lengua extranjera, pueden ser muy, pero que muy engañosas y susceptibles de  graciosísimos malentendidos.

¿Y el ángel?

¡Ah, sí!, pues ahí está, sobre su pedestal corintio que se yergue sobre un pequeño templo soportado por gráciles estatuillas, celadoras de cuatro mosaicos de fondo dorado, alegorías de la guerra y de la paz. Ahí está, haciendo como si dominara la ciudad, aunque en el fondo nadie se acuerda de él más que cuando pasan casualmente por delante: "¡Ah mira!, el Friedensengel, qué chulo!"

Pero yo sí; yo me acuerdo de él, y ahora, viendo la ciudad empequeñecida a los pies de este coloso, me siento yo también como el último guardián de la urbe: solitaria y olvidada.
De repente me viene a la memoria ese sueño recurrente en el que echo a volar sobre los tejados de las casas, con cuidado de no enredarme en la maraña de cables de alta tensión que separan la biosfera urbana del resto del cosmos. Entonces, miro hacia abajo y veo los tejados y las luces de las casas asomando intermitentemente entre los resquicios de la red de cables que se teje debajo de mí. ¡Qué bonito sería poder ver el río desde arriba, una noche cualquiera de verano, con sus orillas salpicadas de diminutos puntos de luz y sus columnas de humo con aroma a salchicha!
Pero a lo que íbamos: Este es el cuento de Ángel, así que veamos qué podemos hacer con él.

Imaginemos por un momento que sí, que efectivamente, a ese ángel solitario y olvidado y un poco tristón, le da por ahí y se pone a planear sobre nuestras cabezas ¡Ya tendría gracia que un día se echara a volar blandiendo esa ramita de olivo que lleva en la mano! ¿no os parece? Los pocos que repararan en él mientras esperan el tranvía, no le echarían cuentas: Lo tomarían por una avioneta, un ala delta, un zepelín publicitario, un helicóptero de la policía... Habría también quien viera en él una cometa o un globo de feria; uno de esos que se les escapan a los niños tocapelotas que no paran de dar la vara hasta conseguir un unicornio o un Bob Esponja o un Tele Tubi voladores que acaban, inevitablemente, enganchándose en paraguas y gorros ajenos, en tranvías, metros y estanterías de supermercados, en el mobiliario urbano que encuentran a su paso y en todo usuario de los transportes públicos que se interponga en su camino.

Pero no; ni avión, ni cometa, ni helicóptero, ni globito: el Ángel de la Paz. El mismo que viste y calza. ¡Qué guay!

Os preguntaréis qué carajo pinta un ángel de bronce sobrevolando una ciudad como ésta. No tengo ni idea, pero pensando en él me vienen a la memoria las cabriolas aéreas de un grupo de buitres leonados y alimoches que subían y bajaban y giraban majestuosos, sesgando el silencio que reinaba alrededor de aquel peñasco temerario y fascinante al que subimos unas vacaciones cerca de los Mayos de Riglos. Pero aquí, en Múnich, donde el silencio es privilegio de los Alpes y la nieve, el viento y la lluvia se resisten cada primavera a abandonar el asfalto… ¿Qué carajo pinta un ángel tan tristón sobrevolando la ciudad?
Pero como esto es un cuento, seguro que encontramos un montón de cosas interesantes que llamarían su atención:

Supongamos que desciende lo suficiente como para poder mirar por las ventanas. ¡Eso molaría! ¿No lo habéis pensado nunca?

Fisgoneando


Para empezar, Ángel probaría suerte con uno de esos edificios enormes, de noche oscuros por fuera e iluminados por dentro, con una de esas fachadas uniformes y sobrias, elegantes e impersonales, en cuyas entrañas se deciden todas las cosas importantes que rigen el mundo. Cuál no sería su sorpresa al descubrir en el piso superior, un grupo de gente -mayoritariamente mujeres- moviéndose descoordinadamente al son de algún ritmo machacón, como un ejército de trolles enfundados en mayas de licra, capitaneados por una elfa sonriente e infatigable: un-dos, un-dos, un-dos. Manchas de sudor alrededor de las axilas y en la entrepierna. No le veo la gracia- pensaría- Y dirigiría su atención hacia el piso inferior:
Un grupo de humanos circunspectos, sentados alrededor de una mesa larga salpicada de botellines de agua, vasos, bolígrafos, papeles, dispositivos electrónicos negros, sobrios, como la fachada y la mesa y las sillas y el traje del individuo que, de pie frente a los demás, gesticula enérgicamente, dibujando círculos, flechas y cifras con rotuladores rojos, verdes y azules sobre fondo blanco. Un toque de color. El único."No me cuadra nada", pensaría Ángel, "¿Qué coño hace esta gente aquí a estas horas?"
Tres ventanas más hacia la derecha y dos pisos más abajo, el personal de limpieza comienza su jornada vespertina, con sus batas azules y sus fascinantes y misteriosos carros multi-objetos. En el corredor, un hombre de aspecto extranjero pasa arrastrando pesadamente una de esas máquinas para pulir los suelos que te persiguen obsesivamente por los pasillos de los supermercados.

Y poco más, porque si alguien anduviera chafardeando en papeleras, cajones u ordenadores, o manteniendo relaciones bilaterales con el jefe o la jefa de departamento fuera de horas de trabajo, no sería tan tonto de hacerlo con la luz encendida para que cualquier ángel que pasara por allí pudiera pillarlos “inflagranti“. Digo yo.
No sé-se diría Ángel- estos humanos no parecen ni tristes ni contentos…Y volvería a batir sus alas para continuar su errante camino, con la ligera sensación de que algo en la naturaleza humana se escapa totalmente a su comprensión.

Si yo fuera él, me buscaría uno de esos patios interiores a los que dan decenas de balconcillos y ventanas engalanadas con visillos, flores, molinillos de viento y juegos de aire que crean ese fantástico efecto visual en el que una bolita de cristal parece subir y bajar por una espiral de aluminio… Si yo fuera él, ni me lo pensaba: Pegaría la nariz al cristal de la primera ventana iluminada que me encontrara en uno de esos patios.

Detrás de los visillos:


Una familia-padre, madre, hija, hijo-cenando alrededor de una mesa de madera rústica, charlando animadamente, descifrando el presente y planeando el futuro; enternecedor, pero hubiera preferido una pelea a muerte por el mando a distancia, un bodebil generacional del tipo: "¡Todas mis amigas pueden ir a la fiesta!" y "¡Ya no soy una niña!" o un de esos capítulos de odio fraternal, donde lo más suave son epítetos del estilo"enano de mierda", o amenazas como "Déjame tu Ipot o le digo a mamá que te lo has llevado al cole". En fin, no se puede pedir todo.

Una pareja enamorada cenando a la luz de las velas, al calor de un buen vino y de su momento más presente: él con una expresión que pasa de la del cordero degollado a la de la rana cachonda;  ella arrobada por la magia del momento. Tan bonito como ajeno a la naturaleza angélica. No hay nada que rascar. Nadie a quien salvar.

Un papá con traje y corbata,  intentando desesperadamente que, al menos una sexta parte del puré, acabe en el estómago del pequeño leviatán que tiene delante retorciéndose en la cárcel de su trona, gritando y llorando a moco tendido, tirando de un manotazo la cuchara llena, pringándolo todo con sus mocos, sus babas y el puré, y arruinando el traje, la corbata y la autoridad del director ejecutivo de una importante empresa de proyección internacional, ese pringado que tiene delante. Pero ¡un momento!- exclamaría Ángel para sus adentros- ¿No es el mismo tipo trajeado que daba la conferencia debajo de la guarida de los trolles saltarines?- Y se desternillaría de la risa.

En el balcón de enfrente, movimientos sísmicos en un dormitorio a media luz: sábanas revoltosas y un número impar de pares de pies asomando por debajo. A Ángel se le pondría cara de tonto- no me salen las cuentas- pensaría.Y como Ángel es un ángel y los ángeles, ya se sabe, pues se quedaría igual y continuaría fisgoneando más arriba, o más abajo hasta encontrar algo que reclamara su intervención.

Y lo encontraría:

Vería a ese individuo con mechas rubias y permanente, camiseta sin mangas luciendo tripa y tatuajes, con los dedos amarillos por la nicotina,  tirado en el sofá, rodeado de latas vacías de cerveza, eructando y peyéndose profusamente, vociferando irracionalmente frente al televisor, exigiendo a gritos más cerveza, dedicándole a su palomita bramidos del tipo: “¡Quita coño, que no veo!“ mientras le lanza una lata vacía a la cabeza, por si no se da por aludida. Ahí sí. Ahí sí que Ángel intenvendría agitando la ramita esa de olivo que disipa los malos rollos: ¡Toma paz!
Y la lata volvería a su ubicación original junto al cenicero rebosante de colillas, como si nada hubiera ocurrido. El individuo le pediría educadamente a la rubia que apartara de su campo visual. Ella mostraría sus caries en una amplia sonrisa de color pink y se pondría a repasar sus uñas falsas-también pink- del grosor de una baldosa y a pegarles diminutos cristalitos de strass: una sí, otra no, una sí, otra no.
Y Ángel se alejaría batiendo satisfecho sus alas en busca de nuevos retos. Misión cumplida.

Dos balcones más allá, una ventana con la persiana medio echada y la tele encendida, casi sin volumen. Nada del otro mundo, pero aún así, Ángel pegaría su morro dorado al cristal y escudriñaría entre las sombras:
Un saloncito abarrotado de fotos ajadas por el tiempo, tapetes de ganchillo, flores de plástico y polvo, mucho polvo y un sofá. Un sofá con yaya incluida; una yaya octogenaria a la que nadie echa de menos, momificada desde hace semanas delante de la tele, con las agujas de tejer todavía entre las manos, manos deformadas por el tiempo, y claro, las gafas puestas. Lo que se llama "morir con las gafas puestas", vamos. Ángel se pondría triste y se marcharía cabizbajo, no sin antes blandir su ramita de olivo para que a algún vecino le dé por preguntarse qué ha sido de la yaya del primero C y caiga en la cuenta de que hace más de una semana que no se la ve salir de casa.

Y en el cuarto piso, el vendedor de seguros. Ese Sr. gris, anónimo, transparente, divorciado, arruinado y adicto al juego y a las putas. Ahora se bambolea siniestramente a pocos centímetros sobre la mesa, calentito todavía. ¿Por qué no habré llegado antes?- Se lamenta Ángel, casi enfadado consigo mismo. Pero ¿qué puede hacer un solo ángel en una urbe de 1500 habitantes?

De vuelta


Ya de día, Ángel, a quien la noche le ha dejado agotado y meditabundo, se dirije hacia su pedestal de mármol. Esboza una sonrisa al escuchar el griterío de los niños entrando a la escuela. De momento, no le necesitan, pero él agita su ramita de olivo para que ningún crío se caiga de bruces al cruzar el semáforo o se líe a puñetazos con con otro, o para que ningún papá raye el coche del director al echar marcha atrás.
Llegando a la calle que desemboca en su morada, semáforos, bocinazos e improperios. Un golpe de ramita no vendrá mal.

Un sinfín de escenas se sucederían ante los ojos de Ángel. Pero ¿Y si no controlara demasiado bien las técnicas de vuelo y no tuviera más remedio que planear muy arriba a merced de las corrientes térmicas que le llevarían caprichosamente de acá para allá? Lo mismo se nos engancha en la punta del pirulí del Estadio Olímpico o se pincha el trasero con la aguja de una iglesia (que no sería nada raro porque hay un montón), o se queda colgado del brazo de una grua gigantesca y, entonces, ¡a ver quién es el guapo que llama a los bomberos para que liberen a un ángel tontorrón que no sabe volar!

Pero quizá no, quizá Ángel no sea tan torpón y nos deje a más de uno con la boca abierta (bueno, en el caso de no tomarle ni por un avión, ni por un helicóptero ni por un globito de feria).
Quizá navegaría elegantemente en la cuna de los vientos, regalando paz y armonía y agitando su ramita de olivo cada vez que le diera el punto y le pareciera necesario: Sobre los deportistas que desafían al invierno sin más protección que una cinta tapaorejas; sobre las madres y padres somnolientos que se despiden de sus retoños a las puertas de escuelas o autobuses, sobre los puestecillos de frutas del Viktualienmark y las vendedoras de castañas -para que no te den las podridas y te sonrían-, sobre las pistas multicolores de patinaje -para que nadie se arree un batacazo descomunal de los que primero te duelen en el pundonor y después en todo el cuerpo-, sobre los cientos de ciclistas prepotentes y presurosos -para que no tearrollen ni te insulten cuando pisas despistadamente “SU“carril-, sobre vehiculistas, peatones, policías y ladrones, sobre los puentes bajo los que duermen los sintecho en pleno invierno y sobre los nudistas insensatos que, desde los primeros días de marzo, se bañan en el los remansos del Isar a riesgo de pillar la primera pulmonía de la temporada.

Aburrirse no se aburriría no, Ángel. Eso en el supuesto, claro está, de que volara como Dios manda. Pero yo creo que de una u otra forma, acabaría hecho polvo y deseandito estaría de volverse a su pedestal a seguir haciendo como que domina la ciudad, aunque nadie le eche cuentas, más que cuando pasan casualmente por delante suyo y exclaman "Mira, el Friedensengel, ¡qué chulo!"

Sonntag, 19. Januar 2014

La cafetería del mar

Bienvenidos al Mundo de las Opciones Perdidas de Eva.


Soy Eva, creo, aunque quizás sería mejor empezar de una manera más poética... O no.

A veces, no sé muy bien por qué, la poesía surge así, por el morro. No soy muy disciplinada. Ni metódica. Ni asertiva, así que si la poesía tiene a bien dotar mis pensamientos con una pizca de su magia y los rocía con una parte infinitesimal de su iridiscente presencia, me suelo dar por satisfecha porque, al fin y al cabo, no he tenido que tomarme la molestia de invocarla activamente; también soy perezosa.

Como la mayor parte de las veces no puedo predecir si eso (lo de la poesía) va a ocurrir o no, o en qué medida, creo que lo mejor será dar el pistoletazo de salida a esas fieras hambrientas que moran en mi interior y que, como perros de Paulow,  acuden espectantes al umbral de la pantalla tan pronto apoyo los dedos sobre el teclado e incluso antes: con sólo pensarlo. Ellas -las fieras- tienen un olfato finísimo, un sexto sentido para detectar la carnaza prometida. Vamos pues a abrirles la puerta del corazón, que es exactamente donde se alojan, antes de que sus aullidos enloquecidos por la espectativa me dejen sorda del ventrículo izquierdo. O del derecho. O de una aurícula. La izquierda o la derecha. Da igual.

Ojalá la poesía no tenga nada más interesante que hacer que venir a meter sus narices entre los hocicos de mis queridas fieras laceradas. ¡Allá voy!

Abro las puertas


Me he pasado la vida merodeando. Sí, merodeando. Merodeando por mi pueblo, merodeando entre mis amigos, merodeando por las aulas. Hasta he merodeado entre mis propios hermanos, padres, tíos y, ahora, hijos, marido, el ratón que tenemos en casa y un largo etcétera de seres, pensamientos, creencias, posturas, lugares y, por último, en el Mundo de las Opciones Perdidas, según se entra en mi hemisferio ventricular, a la izquierda... o a la derecha... o todo derecho y al final de la circunvalación.

Bueno- pensaréis- pero eso tiene que ser muy cansado,¿no? (lo de merodear) Pues sí. Es agotador. Y es agotador porque el alma necesita, de vez en cuando, pararse a contemplar un paisaje hermoso y sentarse a tomar un cafelito en una de esas terrazas con vistas que siempre se encuentran en las vidas de los demás.
Pero, ¿sabéis qué?, a partir de hoy- de ahora mismo, para ser más exactos- voy a abrir mi propia cafetería. Con vistas al mar. Un mar azul. Sí, cálido y azul como el Mediterráneo. Mi mar, el "Mare Mium". Y lo podré mirar cada vez que me dé la real gana. ¡Sí senor! y nunca más tendré que esperar que la mejor mesa quede libre de esos cretinos indignos de ella, indignos de esa inmejorable ubicación y de esa tortuga, ese tigre, ese dragón y ese fénix de los que habla el Feng Sui. Indignos de ocupar ese rincón banado, no "por", sino "en" el sol más aterciopelado de la tarde, techado por un emparrado prenado de racimos de uva dulce y áurea, tocado por la magia de la eternidad y libre de incordiantes insectos e invertebrados inoportunos. Sólo alguna cigarra invisible en el anonimato de la distancia y, de noche, iluminado por una corte de luciérnagas, millones de estrellas y un cable con bombillas de verbena. Esa será mi cafetería: la Cafetería Del Mar.