Miro por la ventana. Estoy en un séptimo piso y mi mente empieza a divagar: "¡Cuéntame un cuento, cuéntame un cuento!". Oigo voces dentro de mí. Estoy como una puta cabra-pienso- pero ¡allá voy!
Érase una vez una ciudad: Múnich, y érase una vez un ángel:
El Ángel de la Paz
De la ciudad diremos que es una ciudad acogedora y limpia, (un tanto gris y más bien pequeña, para mi gusto) donde perderse es casi un reto porque el trazado urbano es ordenado y previsible; una ciudad privilegiada, bañada por un río limpio y caudaloso -el Isar- que divide en diagonal el corazón de la urbe y conecta los barrios de uno y otro lado a través de puentes, carriles para bicicletas, caminos y vericuetos que se adentran en sus amplísimas márgenes caducifolias.
En invierno, el Isar, ofrece sus laderas para que los niños las maltraten con sus trineos y, en verano, abre sus orillas al juego y al baño y al gentío y al humo de las barbacoas: Cientos de columnas de humo se alzan al cielo muniqués e invaden la ciudad de ese olor a salchichas y carne asada que anuncia el comienzo de la época estival.
Esto es Múnich. Esto y muchas otras cosas, pero fuera de ríos, barbacoas y salchichas, es Múnich una ciudad y, como en todas las ciudades, viven en ella gentes de todo tipo: más o menos felices, más o menos afortunadas, más o menos buenas.

Y un ángel.
A decir verdad, este ángel muniqués, siempre me había parecido un tanto siniestro y, aunque dorado, yo le veía gris. Como a la ciudad gris. Como a las personas grises, y a las calles y a las casas grises. Aquí todo es gris, hasta que llega el aroma a salchichas asadas, cuando el cielo se vuelve caprichoso y le devuelve la cara a la ciudad y la baña de color y el mundo pierde su tediosa previsibilidad…
Pero no os confundáis: le tengo mi cariño, al ángel.
Fue uno de los primeros en darme la bienvenida a esta ciudad. Sin palabras, claro; con su gesto impertérrito de infinita bondad, pero
aunque no lo creáis, siempre se puede uno llevar una sorpresa con estos ángeles de bronce y lo que en un principio parece apagado, amable pero sin vida, de repente cambia y se convierte en un aliado de luz y pasa de ser el “Ángel del Cementerio" (Friedhofsengel) a ser el "Ángel de la Paz" (Friedensengel). No es lo mismo. Se parecen las palabrejas, pero ya véis que el significado varía y que no es lo mismo "tubérculo" que "ver tu culo". Pero me perdono, porque las primeras impresiones en una lengua extranjera, pueden ser muy, pero que muy engañosas y susceptibles de graciosísimos malentendidos.
¿Y el ángel?
¡Ah, sí!, pues ahí está, sobre su pedestal corintio que se yergue sobre un pequeño templo soportado por gráciles estatuillas, celadoras de cuatro mosaicos de fondo dorado, alegorías de la guerra y de la paz. Ahí está, haciendo como si dominara la ciudad, aunque en el fondo nadie se acuerda de él más que cuando pasan casualmente por delante: "¡Ah mira!, el Friedensengel, qué chulo!"
Pero yo sí; yo me acuerdo de él, y ahora, viendo la ciudad empequeñecida a los pies de este coloso, me siento yo también como el último guardián de la urbe: solitaria y olvidada.
De repente me viene a la memoria ese sueño recurrente en el que echo a volar sobre los tejados de las casas, con cuidado de no enredarme en la maraña de cables de alta tensión que separan la biosfera urbana del resto del cosmos. Entonces, miro hacia abajo y veo los tejados y las luces de las casas asomando intermitentemente entre los resquicios de la red de cables que se teje debajo de mí. ¡Qué bonito sería poder ver el río desde arriba, una noche cualquiera de verano, con sus orillas salpicadas de diminutos puntos de luz y sus columnas de humo con aroma a salchicha!
Pero a lo que íbamos: Este es el cuento de Ángel, así que veamos qué podemos hacer con él.
Imaginemos por un momento que sí, que efectivamente, a ese ángel solitario y olvidado y un poco tristón, le da por ahí y se pone a planear sobre nuestras cabezas ¡Ya tendría gracia que un día se echara a volar blandiendo esa ramita de olivo que lleva en la mano! ¿no os parece? Los pocos que repararan en él mientras esperan el tranvía, no le echarían cuentas: Lo tomarían por una avioneta, un ala delta, un zepelín publicitario, un helicóptero de la policía... Habría también quien viera en él una cometa o un globo de feria; uno de esos que se les escapan a los niños tocapelotas que no paran de dar la vara hasta conseguir un unicornio o un Bob Esponja o un Tele Tubi voladores que acaban, inevitablemente, enganchándose en paraguas y gorros ajenos, en tranvías, metros y estanterías de supermercados, en el mobiliario urbano que encuentran a su paso y en todo usuario de los transportes públicos que se interponga en su camino.
Pero no; ni avión, ni cometa, ni helicóptero, ni globito: el Ángel de la Paz. El mismo que viste y calza. ¡Qué guay!
Os preguntaréis qué carajo pinta un ángel de bronce sobrevolando una ciudad como ésta. No tengo ni idea, pero pensando en él me vienen a la memoria las cabriolas aéreas de un grupo de buitres leonados y alimoches que subían y bajaban y giraban majestuosos, sesgando el silencio que reinaba alrededor de aquel peñasco temerario y fascinante al que subimos unas vacaciones cerca de los Mayos de Riglos. Pero aquí, en Múnich, donde el silencio es privilegio de los Alpes y la nieve, el viento y la lluvia se resisten cada primavera a abandonar el asfalto… ¿Qué carajo pinta un ángel tan tristón sobrevolando la ciudad?
Pero como esto es un cuento, seguro que encontramos un montón de cosas interesantes que llamarían su atención:
Supongamos que desciende lo suficiente como para poder mirar por las ventanas. ¡Eso molaría! ¿No lo habéis pensado nunca?
Fisgoneando
Para empezar, Ángel probaría suerte con uno de esos edificios enormes, de noche oscuros por fuera e iluminados por dentro, con una de esas fachadas uniformes y sobrias, elegantes e impersonales, en cuyas entrañas se deciden todas las cosas importantes que rigen el mundo. Cuál no sería su sorpresa al descubrir en el piso superior, un grupo de gente -mayoritariamente mujeres- moviéndose descoordinadamente al son de algún ritmo machacón, como un ejército de trolles enfundados en mayas de licra, capitaneados por una elfa sonriente e infatigable: un-dos, un-dos, un-dos. Manchas de sudor alrededor de las axilas y en la entrepierna. No le veo la gracia- pensaría- Y dirigiría su atención hacia el piso inferior:
Un grupo de humanos circunspectos, sentados alrededor de una mesa larga salpicada de botellines de agua, vasos, bolígrafos, papeles, dispositivos electrónicos negros, sobrios, como la fachada y la mesa y las sillas y el traje del individuo que, de pie frente a los demás, gesticula enérgicamente, dibujando círculos, flechas y cifras con rotuladores rojos, verdes y azules sobre fondo blanco. Un toque de color. El único."No me cuadra nada", pensaría Ángel, "¿Qué coño hace esta gente aquí a estas horas?"
Tres ventanas más hacia la derecha y dos pisos más abajo, el personal de limpieza comienza su jornada vespertina, con sus batas azules y sus fascinantes y misteriosos carros multi-objetos. En el corredor, un hombre de aspecto extranjero pasa arrastrando pesadamente una de esas máquinas para pulir los suelos que te persiguen obsesivamente por los pasillos de los supermercados.
Y poco más, porque si alguien anduviera chafardeando en papeleras, cajones u ordenadores, o manteniendo relaciones bilaterales con el jefe o la jefa de departamento fuera de horas de trabajo, no sería tan tonto de hacerlo con la luz encendida para que cualquier ángel que pasara por allí pudiera pillarlos “inflagranti“. Digo yo.
No sé-se diría Ángel- estos humanos no parecen ni tristes ni contentos…Y volvería a batir sus alas para continuar su errante camino, con la ligera sensación de que algo en la naturaleza humana se escapa totalmente a su comprensión.
Si yo fuera él, me buscaría uno de esos patios interiores a los que dan decenas de balconcillos y ventanas engalanadas con visillos, flores, molinillos de viento y juegos de aire que crean ese fantástico efecto visual en el que una bolita de cristal parece subir y bajar por una espiral de aluminio… Si yo fuera él, ni me lo pensaba: Pegaría la nariz al cristal de la primera ventana iluminada que me encontrara en uno de esos patios.
Detrás de los visillos:
Una familia-padre, madre, hija, hijo-cenando alrededor de una mesa de madera rústica, charlando animadamente, descifrando el presente y planeando el futuro; enternecedor, pero hubiera preferido una pelea a muerte por el mando a distancia, un bodebil generacional del tipo: "¡Todas mis amigas pueden ir a la fiesta!" y "¡Ya no soy una niña!" o un de esos capítulos de odio fraternal, donde lo más suave son epítetos del estilo"enano de mierda", o amenazas como "Déjame tu Ipot o le digo a mamá que te lo has llevado al cole". En fin, no se puede pedir todo.
Una pareja enamorada cenando a la luz de las velas, al calor de un buen vino y de su momento más presente: él con una expresión que pasa de la del cordero degollado a la de la rana cachonda; ella arrobada por la magia del momento. Tan bonito como ajeno a la naturaleza angélica. No hay nada que rascar. Nadie a quien salvar.
Un papá con traje y corbata, intentando desesperadamente que, al menos una sexta parte del puré, acabe en el estómago del pequeño leviatán que tiene delante retorciéndose en la cárcel de su trona, gritando y llorando a moco tendido, tirando de un manotazo la cuchara llena, pringándolo todo con sus mocos, sus babas y el puré, y arruinando el traje, la corbata y la autoridad del director ejecutivo de una importante empresa de proyección internacional, ese pringado que tiene delante. Pero ¡un momento!- exclamaría Ángel para sus adentros- ¿No es el mismo tipo trajeado que daba la conferencia debajo de la guarida de los trolles saltarines?- Y se desternillaría de la risa.
En el balcón de enfrente, movimientos sísmicos en un dormitorio a media luz: sábanas revoltosas y un número impar de pares de pies asomando por debajo. A Ángel se le pondría cara de tonto- no me salen las cuentas- pensaría.Y como Ángel es un ángel y los ángeles, ya se sabe, pues se quedaría igual y continuaría fisgoneando más arriba, o más abajo hasta encontrar algo que reclamara su intervención.
Y lo encontraría:
Vería a ese individuo con mechas rubias y permanente, camiseta sin mangas luciendo tripa y tatuajes, con los dedos amarillos por la nicotina, tirado en el sofá, rodeado de latas vacías de cerveza, eructando y peyéndose profusamente, vociferando irracionalmente frente al televisor, exigiendo a gritos más cerveza, dedicándole a su palomita bramidos del tipo: “¡Quita coño, que no veo!“ mientras le lanza una lata vacía a la cabeza, por si no se da por aludida. Ahí sí. Ahí sí que Ángel intenvendría agitando la ramita esa de olivo que disipa los malos rollos: ¡Toma paz!
Y la lata volvería a su ubicación original junto al cenicero rebosante de colillas, como si nada hubiera ocurrido. El individuo le pediría educadamente a la rubia que apartara de su campo visual. Ella mostraría sus caries en una amplia sonrisa de color pink y se pondría a repasar sus uñas falsas-también pink- del grosor de una baldosa y a pegarles diminutos cristalitos de strass: una sí, otra no, una sí, otra no.
Y Ángel se alejaría batiendo satisfecho sus alas en busca de nuevos retos. Misión cumplida.
Dos balcones más allá, una ventana con la persiana medio echada y la tele encendida, casi sin volumen. Nada del otro mundo, pero aún así, Ángel pegaría su morro dorado al cristal y escudriñaría entre las sombras:
Un saloncito abarrotado de fotos ajadas por el tiempo, tapetes de ganchillo, flores de plástico y polvo, mucho polvo y un sofá. Un sofá con yaya incluida; una yaya octogenaria a la que nadie echa de menos, momificada desde hace semanas delante de la tele, con las agujas de tejer todavía entre las manos, manos deformadas por el tiempo, y claro, las gafas puestas. Lo que se llama "morir con las gafas puestas", vamos. Ángel se pondría triste y se marcharía cabizbajo, no sin antes blandir su ramita de olivo para que a algún vecino le dé por preguntarse qué ha sido de la yaya del primero C y caiga en la cuenta de que hace más de una semana que no se la ve salir de casa.
Y en el cuarto piso, el vendedor de seguros. Ese Sr. gris, anónimo, transparente, divorciado, arruinado y adicto al juego y a las putas. Ahora se bambolea siniestramente a pocos centímetros sobre la mesa, calentito todavía. ¿Por qué no habré llegado antes?- Se lamenta Ángel, casi enfadado consigo mismo. Pero ¿qué puede hacer un solo ángel en una urbe de 1500 habitantes?
De vuelta
Ya de día, Ángel, a quien la noche le ha dejado agotado y meditabundo, se dirije hacia su pedestal de mármol. Esboza una sonrisa al escuchar el griterío de los niños entrando a la escuela. De momento, no le necesitan, pero él agita su ramita de olivo para que ningún crío se caiga de bruces al cruzar el semáforo o se líe a puñetazos con con otro, o para que ningún papá raye el coche del director al echar marcha atrás.
Llegando a la calle que desemboca en su morada, semáforos, bocinazos e improperios. Un golpe de ramita no vendrá mal.
Un sinfín de escenas se sucederían ante los ojos de Ángel. Pero ¿Y si no controlara demasiado bien las técnicas de vuelo y no tuviera más remedio que planear muy arriba a merced de las corrientes térmicas que le llevarían caprichosamente de acá para allá? Lo mismo se nos engancha en la punta del pirulí del Estadio Olímpico o se pincha el trasero con la aguja de una iglesia (que no sería nada raro porque hay un montón), o se queda colgado del brazo de una grua gigantesca y, entonces, ¡a ver quién es el guapo que llama a los bomberos para que liberen a un ángel tontorrón que no sabe volar!
Pero quizá no, quizá Ángel no sea tan torpón y nos deje a más de uno con la boca abierta (bueno, en el caso de no tomarle ni por un avión, ni por un helicóptero ni por un globito de feria).
Quizá navegaría elegantemente en la cuna de los vientos, regalando paz y armonía y agitando su ramita de olivo cada vez que le diera el punto y le pareciera necesario: Sobre los deportistas que desafían al invierno sin más protección que una cinta tapaorejas; sobre las madres y padres somnolientos que se despiden de sus retoños a las puertas de escuelas o autobuses, sobre los puestecillos de frutas del Viktualienmark y las vendedoras de castañas -para que no te den las podridas y te sonrían-, sobre las pistas multicolores de patinaje -para que nadie se arree un batacazo descomunal de los que primero te duelen en el pundonor y después en todo el cuerpo-, sobre los cientos de ciclistas prepotentes y presurosos -para que no tearrollen ni te insulten cuando pisas despistadamente “SU“carril-, sobre vehiculistas, peatones, policías y ladrones, sobre los puentes bajo los que duermen los sintecho en pleno invierno y sobre los nudistas insensatos que, desde los primeros días de marzo, se bañan en el los remansos del Isar a riesgo de pillar la primera pulmonía de la temporada.
Aburrirse no se aburriría no, Ángel. Eso en el supuesto, claro está, de que volara como Dios manda. Pero yo creo que de una u otra forma, acabaría hecho polvo y deseandito estaría de volverse a su pedestal a seguir haciendo como que domina la ciudad, aunque nadie le eche cuentas, más que cuando pasan casualmente por delante suyo y exclaman "Mira, el Friedensengel, ¡qué chulo!"