Mittwoch, 19. März 2014

El tiempo en el bolsillo (Continuación de Lagarto, lagarto)

Sonó la alarma del móvil:  las once. Las once en punto.

El eco de un vago recuerdo irrumpió entre las paredes de mi cráneo; lo acallé enseguida como el que espanta de un manotazo a una mosca intrusa: soy una maestra en el arte de hacerme callar.

Abrí los ojos esperando encontrarme de nuevo con mi viejo mundo, con la mujer-yegua y Robin y con los tapones de Coca-cola agonizando en su charquito. Sin embargo, sólo vi pelo: pelo gris, una orgía de pelos. Cerré de nuevo los ojos. Los volví a abrir: no solamente seguían ahí-los pelos-, sino que ahora, además, podía notar claramente el cosquilleo que producía su obstinada caricia en los agujeros de mi nariz.
De vez en cuando, un inconfundible olor a mierda campestre me inundaba la pituitaria, me dolía hasta el cuerpo calloso y tenía la incómoda sensación de que el clítoris había pasado de su ubicación original a situarse entre mis amígdalas.
También me dolía el cuello. ¿Qué coño estaba pasando?

Un jinete inesperado


Intenté levantarme, pero descubrí que ya no estaba plácidamente sentada sobre mi roca sino sobre algo peludo y caliente, a horcajadas, cabalgando sin montura a lomos de una yegua de crines plateadas.
Cierto: desde mi perspectiva no existía nigún indicio que me permitiera llegar a semejante conclusión sobre el sexo del equino en cuestión, pero tampoco lo eché de menos: esas cosas que pasan en los sueños, donde casarte con el Sombrero Loco que, a su vez, es el cuñado de tu prima segunda vestido de flamenca resulta de lo más normal. Eso, o los porros que también te proporcionan una clarividencia irrefutable sobre el sentido de nuestra existencia en el complicado puzle del universo.
En fin, el hecho es que, a juzgar por lo dolorido de mi entrepierna y de los huesos del culo, debía de llevar ya un rato dejándome vapulear el esqueleto. ¿Cuánto tiempo más iba a tener que aguantar así?.
Estaba tan concentrada en intentar no caerme de bruces que casi no me atrevía ni a respirar.
Debía de estar en una postura muy poco ergonómica y pensé que a la larga, eso no podía ser bueno.

No sé cuánto rato pasé en este deplorable estado. Sólo recuerdo que en algún momento empecé a hacer inventario de mis huesos y alguien (probablemente yo misma) debió dar a mis músculos la orden de dejar de hacer el ridículo y empezar a comportarse como lo que eran. Una tarea nada fácil; mis dedos, por ejemplo, se habían aferrado tan obstinadamente a las crines salvadoras que estaban agarrotados y prácticamente insensibles, pero poco a poco conseguí que la sangre volviera a circular por ellos hasta devolverles su original tono rosado y, de alguna forma, el bicho del que resulté ser involuntaria jinete, pareció agradecérmelo. Tuve la sensación de que sus músculos también obedecieron a la misma orden y que entre la bestia y yo se acababa de cerrar una especie de trato, un acuerdo tácito cuyo objetivo era dejar de porculearnos mutuamente.
Así pues, pronto acabamos cabalgando de una forma lo suficientemente aceptable como para permitirme enderezar mis doloridas cervicales y, esta vez sí, abarcar con la mirada el extraordinario paisaje que, en un principio, los pelos plateados de sus crines y mi postura a lo saco de patatas me habían impedido con tanta eficacia contemplar:

Una bastísima extensión de yerba, salpicada de florecillas rojas, amarillas, lilas... sol, cielo azul, alguna nubecilla blanca e impoluta, aire y un suave aroma a romero con una nota de abono animal. Excepto esto último, el resto podría haber sido el escenario perfecto de uno esos cursilísimos anuncios de suavizante para ropa.

La yegua relajó el paso y adoptó un trotecillo ligero mucho menos estresante aunque también la ostia de incómodo, pero, no sé, mentalmente le agradecí el gesto. Al menos ahora ya no temía miserable e indignamente por mi vida.
Me dio la sensación de que llegábamos a alguna parte y de que mi amiga- a estas alturas ya empezada a considerarla así- nos dirigía a ambos hacia un lugar concreto.
No se veía sino la pradera de "Vernel", pero sin duda, nos acercábamos a algún lugar. Lo intuía.
Ya me había empezado a meter en mi papel de inesperada amazona y le estaba hasta tomando gustillo al traqueteo cuando, de la nada, surgió una agrupación de árboles en lontanaza; tenía toda la pinta de ser un bosquecillo. Esperé que, al menos, no estuviera encantado...
Mi amiga, se enfiló con determinación hacia las lindes del bosque. De cerca, parecía más grande y frondoso de lo que había supuesto en un principio. Y más oscuro. Y, sí, casi tenebroso.

Penetramos al paso en la negrura repentina de su abrazo.

















Donnerstag, 6. März 2014

La mujer-yegua (continuación deLagarto, lagarto)


-¿No habrás olvidado lo que me prometiste?- Preguntó LA VOZ
- Oye, mira, en serio: ¿Quién eres y de qué coño me estás hablando?
- Vale, como veo que no te aclaras, lo mejor será que nos encontremos en algún sitio y lo hablemos en persona.

Me está vacilando-pensé- ¡el muy capullo me está vacilando! Que era una broma tocapelotas, estaba claro pero seguía sin tener ni p. idea de quién estaba detrás de todo aquello. Es decir, que si yo no conocía al propietario de "LA VOZ", por narices tenía que haber alguien más metido en todo aquel embrollo, alguien que quería gastarme una broma gilipollas y que, en ese mismo instante, se estaría descojonando de risa a mi costa. Eso me cabreaba cantidad, sobre todo porque siempre me las he dado de perspicaz, y la mera idea de que se choteen de mí me saca de quicio.
Mentalmente empecé a repasar mi lista de contactos sociales que, para mi sorpresa, resultó ser mayor de lo que mi asocial conducta  permitía suponer. Mientras hurgaba en mi memoria, iba elaborando un listado de potenciales sospechosos; añadía y tachaba candidatos siguiendo unos criterios nada desdeñables que aparecían en mi lóbulo frontal como "Pop-ups" virtuales.
La mente humana es la ostia:
Mientras mantenía un diálogo para besugos con un desconocido y elaboraba mi lista negra, miraba el hornillo preguntándome si debería utilizar la cuchilla-rasqueta, las nanas o mejor un producto especial para devolverlo a su impoluto brillo original, me rascaba el culo, me cagaba en Dios y estudiaba con detenimiento forénsico las caspicias de mis uñas.

- Bueno, ¿qué dices?- apremió LA VOZ
-  Que qué digo ¿a qué?
- Hostia, ¡pues a que nos encontremos, joder!
- Oye, ¿tú no serás amigo de Lucas, no?
- No me lo puedo creer! Estás mal, ¿eh?. Ralmente mal. Mira, no tengo ganas de más jueguecitos: a las 11 en el sitio de siempre. Y no se te ocurra llegar tarde.

Si me quieres escribir ya sabes mi paradero


Y colgó. LA VOZ colgó. ¡No te jode! ¡encima me cuelga!... "no tengo ganas de más jue-gue-ci-tos", me dice el muy gilipollas. Estaba indignada y, al mismo tiempo, sentía una enorme curiosidad. Y desconcierto.

Bueno -pensé- de todas maneras no sé cuál es el "sitio de siempre", porque, entre otras cosas, no tengo ningún "sitio de siempre". A lo mejor debería establecer uno- me dije- para Lucas y para mí, para poder decir: "Cariño, nos encontramos en el "sitio de siempre" o para que cuando nos cabreemos pueda escapar envuelta en un torbellino de ira y refugiarme en "el sitio de siempre", que no sea ni la cocina ni el súper de la esquina ("si me quieres escribir ya sabes mi paradero, tantararán tararán tantán...), o para cuando seamos viejos y a falta de follar nos dé por mirar fotos antiguas: " Mira, ¿te acuerdas?: "nuestro sitio de siempre"...

Me decidí por las nanas. Y por cortarme las uñas.

Llamé a Luis; a la oficina. No estaba porque había tenido que ir a llevar unos documentos a nosequién. Expresión de fastidio. Le llamé al móvil que sonó a escasos metros de mí. ¡Tócate los "güebos" y baila!. Expresión de cabreo, exabruptos, "este tío tiene el móvil para rascarse las castañuelas!", etc, etc.
Las 10 y yo sin café.
Decidí ponerme el careto (sin maquillar no soy persona) y salir a correr un rato para aclarar mis ideas y apaciguar mi conciencia ("debería practicar más deporte" y esas chorradas). Cuesta un poco, pero después te sientes como si te merecieras un Nirvana de lomo ibérico y hubieras cumplido con tu destino cármico: ya te puedes morir en paz.

Salí pues decidida a ganarme la Gloria eterna a base de sudor sobaquil, ataviada con un chándal que me marcaba especialmente la raja del culo, un anorak ligero, las llaves y el careto. Y el móvil. Sí, el móvil. Lo odio, es verdad, pero vivir sin él... lo reconozco: me tiene atrapada en sus inalámbricos misterios, se apodera de mí, ocupa un lugar fijo en las mesas de los restaurantes a los que voy y es más amigo de mis amigos que yo misma.
Para ser sincera, en un principio salí sin él en un alarde de determinación, pero no había siquiera empezado a agitar las nalgas y ya lo echaba de menos, así que volví para buscarlo. ¿Y si volvía a llamar el tarao de antes? No me lo quería perder. De hecho lo estaba deseando, porque esta vez le iba a dejar patidifuso con las ingeniosísimas respuestas que había empezado a elaborar en mi taller de ideas maquiavélicas; si quería guerra, la tendría.

El camino del río estaba embarrado por las lluvias de los últimos días, así que más que una grácil gacela cortando el viento, parecía un wallaby atolondrado pegando saltitos a uno y otro lado del barrizal para sortear las zonas más jodidas, por cierto, con bastante poco éxito.
Al menos hacía buen día. Frío pero despejado, límpido, como recién estrenado.
El río fluía deprisa, deteniéndose de vez en cuando en algún pequeño remanso a mecer con su vaivén ramitas, plumas de cisne y tapones de Cocacola varados en las piedras de la orilla. Me sentía renovada y, a la vez, nostálgica. Ya llevaba un rato emulando a los saltarines marsupiales, así que me pareció que ya había acumulado suficientes puntos para el  bocadillo de lomo que pensaba cepillarme nada más llegar a casa y me senté en una roca plana a contemplar las cabriolas de los reflejos sobre la superficie del agua.

De repente, una enorme bola de pelo se abalanzó sobre mí, echándome las patas delanteras encima y agitando la cola con frenesí. Debía de ser un San Bernardo o algo así. Un perro, de cualquier manera.
Casi me tira al agua, pero aparte de unos cuantos lametones que me cruzaron la cara en diagonal y las marcas de sus patas pringadas de barro a lo largo de mi indumentaria, no me hizo nada.
- Robin!- gritó alguien desde la distancia- ¡ven aquí!
Era una mujer de mediana edad y aspecto ayurvédico, con pinta de haber pasado largas temporadas en la India en búsqueda de la iluminación. ¿Quién sabe? Quizás la había encontrado.
La desconocida se acercaba sonriendo. Su larga cabellera gris ondeaba en todas direcciones. Me recordaba a una yegua con las crines al viento.

- Perdone, de verdad: ¿está bien?- preguntó con un acento marcadamente sureño-
Robin, ¡sitzt!
- Sí-respondí- me ha dado un susto de muerte, pero estoy bien.
La mujer-yegua me tendió un kleenex. Llevaba un bolso de tela con el bordado de un elefante engalanado con lentejuelas e hilillos de colores. Me gustó.
- Es que es joven, ¿sabe?- obviamente se refería al perro- se lo estoy cuidando a una amiga y me lleva loca-

Y a mí, que los perros me la traen al pairo, no se me ocurrió nada interesante que decirle sobre el cuadrúpedo. De hecho, me importaba un soberano carajo quién era el dueño de esa bola atolondrada y jadeante.

- Ya, los jóvenes somos así- respondí orgullosa por lo espontáneo e ingenioso de mi comentario.
- Jajaja! Sí: "los jóvenes somos así"- Respondió al instante, situándose enseguida al mismo nivel semántico que yo.
Me llamo Ingrid- dijo tendiéndome una mano tintineante de dedos largos y tacto firme. Al estrechársela, sus muchas pulseras se avalanzaron sobre la palma "clank,clink,clank". En el dedo índice llevaba un anillo de plata que le ocupaba casi toda la falange. No pude evitar acordarme de Robocop.
- Yo soy M...
- Ya lo sé: Marta
- ¿Cómo lo sabe?- Me dejó muerta-
- Porque he venido a buscarte- Dijo pasando del usted al tú con una naturalidad pasmosa, muy poco típica del carácter germano.
- Perdone, pero no entiendo nada...
- No importa; es normal: todavía no estás preparada
- ¿Preparada? Preparada para qué?
Sin decir nada se sentó junto a mí cruzando las piernas en una postura que, si no lo era, se parecía mucho a la del loto y empezó a liarse un porro de maría con toda la naturalidad del mundo. Robin retozaba entrando y saliendo del agua.
Una vez impecablemente manufacturado, la mujer-yegua me alargó el canuto con esa naturalidad que parecía rezumar por todos los poros de su cuerpo.
Miré alrededor antes de llevármelo a los labios, para asegurarme de que, aparte de ella-la mujer-yegua-,de mí misma y de Robin, no había nadie más a varios metros a la redonda, y aspiré. Aspiré despacio para que el aroma a yerba me llegara hasta el alma.

Y el tiempo, de pronto, se detuvo.