El eco de un vago recuerdo irrumpió entre las paredes de mi cráneo; lo acallé enseguida como el que espanta de un manotazo a una mosca intrusa: soy una maestra en el arte de hacerme callar.
Abrí los ojos esperando encontrarme de nuevo con mi viejo mundo, con la mujer-yegua y Robin y con los tapones de Coca-cola agonizando en su charquito. Sin embargo, sólo vi pelo: pelo gris, una orgía de pelos. Cerré de nuevo los ojos. Los volví a abrir: no solamente seguían ahí-los pelos-, sino que ahora, además, podía notar claramente el cosquilleo que producía su obstinada caricia en los agujeros de mi nariz.
De vez en cuando, un inconfundible olor a mierda campestre me inundaba la pituitaria, me dolía hasta el cuerpo calloso y tenía la incómoda sensación de que el clítoris había pasado de su ubicación original a situarse entre mis amígdalas.
También me dolía el cuello. ¿Qué coño estaba pasando?
Un jinete inesperado
Intenté levantarme, pero descubrí que ya no estaba plácidamente sentada sobre mi roca sino sobre algo peludo y caliente, a horcajadas, cabalgando sin montura a lomos de una yegua de crines plateadas.
Cierto: desde mi perspectiva no existía nigún indicio que me permitiera llegar a semejante conclusión sobre el sexo del equino en cuestión, pero tampoco lo eché de menos: esas cosas que pasan en los sueños, donde casarte con el Sombrero Loco que, a su vez, es el cuñado de tu prima segunda vestido de flamenca resulta de lo más normal. Eso, o los porros que también te proporcionan una clarividencia irrefutable sobre el sentido de nuestra existencia en el complicado puzle del universo.
En fin, el hecho es que, a juzgar por lo dolorido de mi entrepierna y de los huesos del culo, debía de llevar ya un rato dejándome vapulear el esqueleto. ¿Cuánto tiempo más iba a tener que aguantar así?.
Estaba tan concentrada en intentar no caerme de bruces que casi no me atrevía ni a respirar.
Debía de estar en una postura muy poco ergonómica y pensé que a la larga, eso no podía ser bueno.
No sé cuánto rato pasé en este deplorable estado. Sólo recuerdo que en algún momento empecé a hacer inventario de mis huesos y alguien (probablemente yo misma) debió dar a mis músculos la orden de dejar de hacer el ridículo y empezar a comportarse como lo que eran. Una tarea nada fácil; mis dedos, por ejemplo, se habían aferrado tan obstinadamente a las crines salvadoras que estaban agarrotados y prácticamente insensibles, pero poco a poco conseguí que la sangre volviera a circular por ellos hasta devolverles su original tono rosado y, de alguna forma, el bicho del que resulté ser involuntaria jinete, pareció agradecérmelo. Tuve la sensación de que sus músculos también obedecieron a la misma orden y que entre la bestia y yo se acababa de cerrar una especie de trato, un acuerdo tácito cuyo objetivo era dejar de porculearnos mutuamente.
Así pues, pronto acabamos cabalgando de una forma lo suficientemente aceptable como para permitirme enderezar mis doloridas cervicales y, esta vez sí, abarcar con la mirada el extraordinario paisaje que, en un principio, los pelos plateados de sus crines y mi postura a lo saco de patatas me habían impedido con tanta eficacia contemplar:
Una bastísima extensión de yerba, salpicada de florecillas rojas, amarillas, lilas... sol, cielo azul, alguna nubecilla blanca e impoluta, aire y un suave aroma a romero con una nota de abono animal. Excepto esto último, el resto podría haber sido el escenario perfecto de uno esos cursilísimos anuncios de suavizante para ropa.
La yegua relajó el paso y adoptó un trotecillo ligero mucho menos estresante aunque también la ostia de incómodo, pero, no sé, mentalmente le agradecí el gesto. Al menos ahora ya no temía miserable e indignamente por mi vida.
Me dio la sensación de que llegábamos a alguna parte y de que mi amiga- a estas alturas ya empezada a considerarla así- nos dirigía a ambos hacia un lugar concreto.
No se veía sino la pradera de "Vernel", pero sin duda, nos acercábamos a algún lugar. Lo intuía.
Ya me había empezado a meter en mi papel de inesperada amazona y le estaba hasta tomando gustillo al traqueteo cuando, de la nada, surgió una agrupación de árboles en lontanaza; tenía toda la pinta de ser un bosquecillo. Esperé que, al menos, no estuviera encantado...
Mi amiga, se enfiló con determinación hacia las lindes del bosque. De cerca, parecía más grande y frondoso de lo que había supuesto en un principio. Y más oscuro. Y, sí, casi tenebroso.
Penetramos al paso en la negrura repentina de su abrazo.